LA HABITACIÓN

Desde que era pequeña, siempre me han dicho que no entre en esa habitación. No vivo en una casa demasiado grande, al menos no para una familia numerosa al estilo del Opus Dei. Sin embargo, siendo hija única, siempre me ha parecido desmesurado vivir en un dúplex con cuatro habitaciones, tres baños, cocina, salón, cuarto de estar, gimnasio, dos despachos y una enorme terraza. No me malinterpretes: a mí me encanta mi casa; por eso a mis 30 años sigo viviendo en ella. No porque el mercado inmobiliario esté imposible, no.

He dicho que había dos despachos, ¿verdad? Uno es el que utiliza mi padre, psiquiatra de renombre en esta ciudad, para trabajar a todas horas con llamadas de pacientes, estudios y otras miles de cosas a las que dedica su tiempo no libre. Y el otro es, en teoría, el despacho de mi madre. Lo curioso es que mi madre nunca se ha dedicado a nada remunerado, salvo a cuidar de su hija (yo). Siempre me he preguntado qué podría esconder en ese espacio cerrado permanentemente con llave y nunca accesible para nadie. Salvo para ella.

Cuando era pequeña me gustaba pensar que mi madre era una superheroína y que, cuando no estaba leyéndome un cuento o jugando conmigo a las Barbies, estaba en su despacho pensando cómo acabar con los problemas de todos los vecinos. Quizá pensaba eso porque las vecinas siempre se acercaban a ella para pedirle consejo. Era una persona muy escuchada en la comunidad. Eso ha hecho que siempre la tome muy en serio.

La relación con mi madre siempre ha sido un tanto difícil. Es posible que su gusto por dar consejos le sirviera con la gente ajena; sin embargo, con su hija única, adolescente y ¿problemática? Yo no diría tanto. No le fue demasiado útil. Recuerdo aquella vez en la que quiso aconsejarme sobre cómo debía comportarme en mi primera cita romántica.

Siempre había sido una niña tímida y poco respetada en el ambiente educativo, no tanto por el profesorado como por mis iguales. Aquello fue formando un muro entre mi autoestima y mi verdadera personalidad, impidiéndome ser consciente a tiempo de todas las cosas buenas que podía ofrecer.

Pero cuando Pablo me propuso tomar un helado después del instituto, a mis 15 años, yo me volví loca. Estaba tan contenta que, de repente, me interesé por la ropa, la moda, los gustos de la gente corriente. Pensé en cómo era eso de relacionarse y si sabría hacerlo bien. Y, en un intento desesperado de causar una buena impresión, tomé la arriesgada decisión de pedirle consejo a mi madre.

Al principio ella solo sonreía. Ver que su única hija empezaba a estrechar lazos con el resto de la humanidad —y en una tesitura nada menos que romántica— la emocionó en exceso. Quizá demasiado, pensé. Sin embargo, escuché atentamente todo lo que tenía que enseñarme: si las vecinas consideraban sus opiniones como las más válidas y sabias de la comunidad, sería por algo, me dije.

Todo se volvió raro cuando le pregunté:

—Pero mamá… ¿tú crees que le voy a gustar? ¿Crees que debería contarle cosas de mí y de la familia? Para que me conozca mejor…

Fue entonces cuando no la reconocí.

—Cariño, no le hables de nosotros. No le hables de mí. Sabes que no le va a gustar y seguramente no querrá volver a verte —me dijo sin apartar sus saltones ojos de los míos.

Sentí un escalofrío al escuchar sus palabras. Y se me quedaron grabadas a fuego hasta el día de hoy.

Solía repetir esas palabras: no hables de nosotros, no les gustará. Yo no entendía por qué. Un padre psiquiatra bien reconocido y una madre ama de casa bien posicionada socialmente… ¿a quién podía no gustarle algo así?

Ella se pasaba horas y horas por las mañanas, mientras yo estaba en el colegio, metida en su despacho. Según ella, hacía las cuentas de la casa, leía en su sillón y hacía compras por internet. No hablaba mucho con papá, porque él estaba siempre trabajando o en el bar con sus amigos. Era un buen profesional de la salud y cercano con sus pacientes; creo que estaba tan saturado de cuidar de los demás que, a veces, se olvidaba de que en casa también tenía responsabilidades.

Un día, al pasar cerca del despacho, noté que olía fuerte, a comida especiada. Me dieron ganas de vomitar e intenté abrir la puerta para limpiar el desaguisado que hubiera ahí dentro. Pero no pude: estaba cerrada. Mi madre, esa tarde, había salido a conversar —como siempre— con las vecinas, y antes de que volviera llegó mi padre.

—Papá, el despacho de mamá huele fatal. Sale un hedor a comida podrida que revuelve el estómago a cualquiera —le dije.

—Hola, cariño. ¿Qué tal has pasado el día? —me contestó, como si no hubiese escuchado nada.

—Papá, ¿pero no hueles eso?

—Sí, hija, es la comida que he traído. Pensaba que te gustaba la comida hindú.

—Pero viene del despacho de mamá.

—Cariño… mamá no está. Hace tiempo. Siempre tenemos la misma conversación.

—Claro que no está, está con las vecinas. Pero ha estado toda la mañana en su despacho, como siempre, haciendo Dios sabe qué.

—Bueno… te espero para cenar.

No entendía nada. ¿Por qué obviaba el olor? ¿Por qué no quería hacer nada para solucionarlo? Me harté de todos ellos y me dispuse, decidida, a abrir esa puerta.

Siempre había sido alguien de dimensión reducida; la fuerza no era la cualidad que más me caracterizaba, pero estaba decidida a ello. Di cinco pasos hacia atrás y corrí lo más rápido que pude, abalanzándome contra la puerta y, sorprendentemente, cedió.

La habitación era más o menos lo que me esperaba: un despacho. Simplemente un escritorio, una ventana por la que entraba una luz agradable y un sillón. Había estanterías con libros y álbumes que parecían de fotos. Me acerqué cuidadosamente, con la curiosidad de una niña, y vi que estaban clasificados por fecha.

Cogí el que correspondía al año en que nací y encontré múltiples fotos de una señora que no conocía con un bebé. Había notas por todas partes: acerca del modo de sonreír de aquella mujer, sus gustos y todo tipo de curiosidades sobre ella. Seguí pasando páginas, descolocada, hasta que vi una anotación de la que surgía una flecha que apuntaba directamente al bebé. Encima, escrito a mano, estaba mi nombre. Ese bebé era yo. Pero esa mujer… no la conocía de nada.

Continué con mi investigación con una sensación desagradable: incertidumbre, incomprensión… entre las que podía vislumbrar algo de claridad, pero que no lograba —o no quería— entender.

En los siguientes álbumes, de cuando yo tenía dos y tres años, aquella señora ajena a mis recuerdos aparecía siempre a mi lado: sonriéndome, dándome besos y abrazos, jugando conmigo. Si no supiera que es imposible, diría que era mi madre. Pero mi madre es otra: esa persona que siempre sabe qué decir, que ha estado acompañándome en todos los momentos importantes de mi vida. Es cierto que no tengo muchos recuerdos —por no decir ninguno— de mi madre y mi padre juntos, pero siempre pensé que era normal porque él trabajaba mucho, y que cuando yo no estaba ellos pasaban tiempo juntos.

Me sobresalté al escuchar el estruendo de la puerta abriéndose y cerrándose de golpe, y apareció mi padre.

—Cariño, ¿qué haces aquí? Ya sabes que nunca entramos en este despacho. Pertenecía a tu madre y, desde que se fue, no he tenido el valor de volver a entrar.

—¿Cómo que pertenecía? Si ella ha estado hoy aquí.

—No, cariño… eso es imposible.

Se acercó cuidadosamente a los álbumes y, de repente, vio lo mismo que yo: álbumes sobre nuestra vida, con anotaciones. Parecían libros de texto que alguien había estado estudiándose concienzudamente.

Le dije que cómo podía decir que mamá se había ido si estaba siempre conmigo. Él no entendía nada. Le enseñé una foto nuestra del otro día, tomando algo, y su cara palideció.

—Hija mía… esa no es tu madre. Es Luisa. Es mi paciente. Llevo años llevando su caso; la realidad es que es bastante complejo. Tiene una personalidad manipuladora y maniacodepresiva. Siempre ha querido ser madre, pero sus padres, cuando vieron la gravedad de su situación, decidieron esterilizarla. Yo nunca estuve de acuerdo, pero no pude hacer nada: consiguieron una orden judicial. 

Ante mi perplejidad, el siguió hablando. — Es cierto que siempre ha estado muy interesada en mi vida personal y, a veces, me ha sido difícil marcar los límites con ella. Pero no tenía ni idea de hasta dónde llegaba su obsesión. No puedo creer que pensaras que ella era tu madre. Julia murió cuando tenías tres años. Siempre te lo he dicho. 

Fue entonces cuando todo mi mundo empezó a tambalearse. Nada tenía sentido. Mi madre y mi padre habían estado conmigo toda mi vida, y esa mujer era importante para mí, aunque siempre me había parecido algo inquietante. Pero… ¿quién era yo para juzgarla?

Mi padre seguía hablando, intentando ordenarlo todo, pero sus palabras ya no me llegaban. Solo veía sus labios moviéndose, como si el sonido se hubiera quedado atrapado en algún punto entre él y yo. Yo seguía sosteniendo la foto con las manos temblorosas cuando escuché el ruido.

Primero un clic.
Luego el crujido lento de la puerta del despacho abriéndose.
Él se giró y la vio.
A mi madre.
La de siempre.

—Hola, cariño —dijo ella con su voz suave, como si acabara de llegar de comprar el pan. Como si nada hubiera pasado.

—Mamá —respondí yo, devolviéndole la sonrisa con la misma naturalidad con la que se respira. Guardé la foto en el álbum sin que mi padre lo notara—. Te estábamos esperando.

Mi padre dio un paso atrás.
Ella, uno hacia adelante.

—¿Cómo ha ido tu día? —me preguntó, con sus saltones ojos fijos en los míos, familiares y cálidos.

Mi padre abrió la boca para decir algo, pero no le di tiempo.

—Mamá, estaba contándole a papá lo del olor. Creo que deberías ventilar más el despacho, ¿no?

—Claro, cielo —respondió ella, posando su mano sobre mi hombro—. Ya sabes que me gusta que todo esté… ordenado.

Mi padre respiró hondo, como si se estuviera ahogando.

—Hija… —susurró—. Por favor… no sigas…

—Papá, relájate —le respondí con una sonrisa casi infantil—. Mamá está aquí, ¿vale? No pasa nada.

Ella me apretó el hombro un poco más fuerte. Un gesto extraño, cómplice, como si hubiera algo que nos mantenía unidas y solo nosotras supiéramos.

—Luisa… —logró decir mi padre, con la voz rota—. Por favor… no sigas con esto.

Ella no lo miró. Estaba concentrada en mí, en su niña.

—¿Tú confías en mí? —me susurró.

Y yo respondí sin dudar:

—Claro que sí, mamá.

Mi padre hundió la cara entre las manos. Ella sonrió. Y lo vimos todo claro. Yo entendí todo lo que necesitaba para seguir adelante sin romperme en mil pedazos.

—Mamá, ¿te parece si vamos al salón? —dije, como si la escena no fuera más que un malentendido—. Podemos seguir hablando allí.

Ella asintió.

—Claro, cariño. Vamos donde tú quieras.

Me giré hacia mi padre antes de salir. Le dediqué una sonrisa tranquila, como si él fuese el que estuviera diciendo cosas sin sentido.

Él no supo qué decir ni qué hacer. Simplemente nos observaba. Después, salió del despacho. Creo que se fue de casa mientras murmuraba cosas incomprensibles:

—No puedo con las dos… No puedo tratarlas a la vez…

Yo seguí caminando con ella. Me contó con quién había estado hoy, todas las cosas de las que se había enterado de las mujeres de la comunidad, los consejos que había dado y los piropos que había recibido. Como siempre: ella y su gran estatus social.

Entonces me di cuenta de que quizá siempre había tenido razón con sus consejos:

No hables de nosotros.
No les gustará.

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