Cuando abrí los ojos, escuché el llanto de un bebé, un llanto intenso que podría significar multitud de cosas: hambre, cólicos, una infección potencialmente mortal o, simplemente, ser un bebé adaptándose a un mundo del que, por el momento, no sabía nada.
La realidad es que me levanté y empecé con las rutinas del día. Primero fui al baño, luego me dispuse a prepararme el desayuno. No sabía muy bien por qué, pero esa mañana las cosas me estaban costando un poco más de la cuenta. Me sentía torpe, lenta, como si aún siguiese sumida en un profundo sueño; sin embargo, me sentía bien despierta, alerta, con los sentidos exaltados, pero poco funcionales.
Preparé un café y una tostada con aceite, algo simple y fácil. El café estaba caliente y la tostada se me hacía difícil de digerir; sentía que era demasiado grande para mí y que tenía que hacer trozos extremadamente pequeños para poder siquiera masticarlos. Sentía que mi mandíbula no tenían la suficiente fuerza para desmenuzar aquel trozo de pan y todo se me hacía muy cuesta arriba.
¿Me estaría dando un ataque cerebral? ¿Me estaría quedando lela, como dicen en mi pueblo? Comí lo suficiente para llenar mi estómago y me dispuse a preparar el bolso del trabajo.
El llanto del bebé había calmado; ahora reinaba la paz. Se sentía una atmósfera apaciguada por quién sabe qué, pero la realidad es que empecé a sentir una somnolencia irrefrenable. Notaba cómo intentaba levantarme del sofá donde acababa de desayunar —lo poco que había podido tolerar—, pero mis piernas no respondían como siempre. Algo ocurría y no podría deciros qué.
Comencé a sentirme muy confusa, a sentir que la habitación que habitaba todas las mañanas se hacía cada vez más y más grande, o yo más pequeña. ¿Será esto lo que siente la gente cuando está triste? ¿Estaré soñando y en diez minutos sonará la alarma para ir, esta vez de verdad, a trabajar? La realidad es que mis ojos cada vez pesaban más; notaba cómo mi respiración iba más rápido de lo habitual y cómo los pensamientos que normalmente brotaban de forma estructurada en mi mente aparecían de una forma inconexa e inmadura, como si estuviera bajo los efectos de alguna sustancia química.
Finalmente, de forma irremediable, apareció oscuridad, silencio, calma. Mis pensamientos ya no eran inconexos o indescifrables: simplemente no estaban. Por un momento pensé que me estaba muriendo.
¿Sería esto lo que se sentía al dejar este mundo? ¿Qué es lo que me podría estar pasando y por qué no había nadie para evitarlo?. Sentí tristeza —creo que es lo último que sentí— y aceptación. No podía hacer nada más; ya había intentado moverme y luchar contra la oscuridad que se cernía dentro de mí, pero había sido totalmente en vano.
Y entonces abrí los ojos, empecé a llorar y sentí que por fin podía respirar del todo. Noté cómo mis pulmones se llenaban de aire y mi corazón comenzaba a bombear sangre con oxígeno a todos mis órganos.
Vi luces, vi gente, vi que no estaba en mi cuarto; oí que alguien lloraba aparte de mí, y no era aquel bebé. En esta ocasión era una adulta que gritaba de alivio y lloraba de ¿felicidad? La realidad es que no distinguía las caras, pues todo lo que mis ojos permitían vislumbrar era luz y alguna silueta borrosa.
Entonces lo supe: el bebé era yo, siempre lo había sido, y estaba en el momento más importante de mi vida: mi nacimiento. En ese instante entendí que morir y nacer son la misma puerta, solo que hay que elegir bien hacia donde la abres.
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