LA JUVENTUD

Recordadme que os cuente qué ocurrió el dos de febrero de 1978.

A veces me cuesta recordar cómo era entonces. Tenía solo 20 años y me dedicaba a la costura en un gran taller cerca de la plaza de España. Mis padres gozaban de buena salud, tenía muchos admiradores, aunque ninguno me parecía lo suficientemente bueno.

Una mañana me desperté tras haber tenido un sueño de lo más revelador: aún era joven. Soñé que estaba en la playa, en verano, donde siempre íbamos a pasar una semana de vacaciones. Era feliz, sonreía, las cosas me iban bien. Todo era fácil, pues no tenía grandes responsabilidades. En general, se podría decir que estaba llevando una buena vida. Me descubrí radiante, con los reflejos dorados en mi pelo por el sol, la sonrisa inmaculada y la piel fina y tersa, desbordante de energía e intenciones.
Entonces, al abrir los ojos esa mañana, comencé a sentir una especie de vacío que no había experimentado antes. Pensé que era joven, pero ¿Estaba aprovechando mi tiempo? ¿Estaba haciendo lo que realmente quería? Tenía dudas al respecto.

Así que, decidida como solo se puede estar a los 20 años, fui al cuarto donde se encontraban mis padres y les dije que me iba. Les dije que me había dado cuenta de que lo que estaba haciendo con mi vida no era lo que realmente quería y tenía que ponerle remedio. Os podéis imaginar que eso no les sentó demasiado bien. Veníamos de una familia humilde, pero que, con el esfuerzo de mis padres, habíamos prosperado. Ellos, de jóvenes, se dedicaron al campo, pues era de lo que más trabajo había en esa época. Sin embargo, gracias a mi abuelo paterno, que decidió emprender la aventura de abrir una empresa de ropa —todo un moderno por aquellos tiempos—, las cosas empezaron a ir mejor para ellos.


Yo, no os lo he dicho, pero soy la pequeña de cinco hermanos, todos varones a excepción mía. Como os podéis imaginar, ellos se han dedicado más a las finanzas de la empresa familiar y a todo lo que era más técnico, pero de mí esperaban que hiciera grandes cosas. Querían que diera luz y frescura a los diseños, que me encargara de los patrones, las telas y que aprendiera a coser. Y, efectivamente, así lo hice; es lo que he hecho toda mi vida, desde que tengo diez años.


No es que no esté contenta con lo que la vida había elegido para mí; la verdad es que siempre me ha gustado la moda, y faltaría a la verdad si dijese que no se me daba bien. Pero yo quería más. Quería hacer algo por mí misma y, como bien había sentido en mi sueño: aún era joven. Pero no lo sería eternamente.
Así que, desoyendo los consejos y las demandas de mis padres, les dije que quería estudiar letras. Quería… ser escritora. Toda mi vida la había pasado imaginando escenarios e historias, y siempre quise tener la habilidad de poder plasmarlas en un papel, saber usar las palabras exactas que mejor transmitieran lo que sentía o lo que sucedía en mis fantasías. Pero, aunque he dicho que mi familia había prosperado gracias a su empresa y su gran dedicación, la educación escolar nunca fue una prioridad para ellos, y tuve que abandonar de forma precoz mis estudios más básicos para poder dedicarme al negocio familiar.

Ese dos de febrero había tenido una revelación y había tomado una decisión. Me iría a trabajar fuera de la empresa, ganaría dinero y pagaría mis estudios en literatura, leería todos los libros que pudiera y, poco a poco, sería yo quien los escribiese. Aún era joven y tenía todo el tiempo por delante… o eso pensaba.

Yo era una persona muy decidida; siempre había hecho las cosas que sentía que eran para mí. Cuando fui a decirles definitivamente que me iba, unas semanas más tarde de la gran revelación, vi a mi madre llorar. Pensaba que era de pena por pensar que su hija iba a abandonar el nido, privándola de la compañía de su única hija. Sin embargo, cuando me acerqué, vi que sus lágrimas significaban otra cosa. Estaba ojerosa, pálida; nunca me había fijado en lo delgada que estaba desde hacía un tiempo atrás. Siempre la había recordado como la mujer más vital y, sin embargo, ahora solo podía fijarme en cómo se le marcaba cada hueso y lo triste que me resultaba su mirada.

Me acerqué lentamente y le dije:

—Mamá, ¿está todo bien? ¿Ha ocurrido algo que yo no sepa?
Ella no quería preocuparme, o eso decía, pero eso ya no era una opción. Me dijo con un hilo de voz:
—No puedes irte, te van a necesitar.

Y entonces lo supe. Supe que algo había estado ocurriendo sin que yo fuera consciente y que mi madre no estaba bien. Era joven, pero lo iba a tener que dejar de ser para ocuparme de todos y de mí misma.
Os podréis imaginar lo que pasó después. Nos juntaron a todos los hermanos en el salón principal y nos pusieron al día del estado de salud terrible que, desde hacía unos meses, presentaba mi madre. Ella, que siempre había dado todo por nosotros; ella, que parecía tan inmortal, ahora veía su vida pendiendo de un hilo y resultando de lo más efímera.

“El médico aún no sabe cuánto tiempo me puede quedar. Con esta nueva medicación que hemos empezado se han visto buenos resultados, pero la enfermedad está tan extendida que cree que es imposible acabar con ella”, decía mi madre con la cara inexpresiva, sin ningún tipo de esperanza.

Pasaron las semanas. Acompañaba a las visitas médicas a mi madre, cuidaba de mi padre que, conforme mi madre empeoraba, se iba apagando con ella. No os había contado que mis padres se querían muchísimo. Habían estado toda la vida juntos, desde muy pequeños, ya que se conocieron en el pueblo cuando solo tenían cinco años y ya se hicieron amigos inseparables jugando al pilla-pilla y a las chapas cuando estaban un poco más crecidos. Después empezaron a sentir, según dice mi madre, una conexión que no se podía explicar. Iban siempre juntos en la misma cuadrilla, pero todo cambió cuando mi padre la invitó a bailar en la verbena del verano de 1948, cuando ellos tan solo tenían catorce años.

Al final, como podréis imaginar, me tuve que quedar. Seguí siendo modista, no fui a estudiar aquello que tanto quería, pero hice por aprender a leer bien y me leí todos los libros que me dejaba un compañero del taller. Ese compañero pasó de ser solo un trabajador de la empresa a un gran amigo y, con el tiempo: mi marido.

Ahora os cuento esta historia sentada en mi escritorio, en el despacho que tengo en la casa que nos acabamos de comprar. No pude estudiar literatura y la vida se truncó como nunca me habría imaginado, pero aquí estoy contándooslo. Me he comprado mi primer ordenador  y es la primera cosa que, tras veinte años del fallecimiento de mi madre y diez de que se apagase mi padre para siempre, me ha hecho feliz.

Esta pretendía ser una historia de superación, de búsqueda de los sueños y de perseguirlos, y, sin embargo, podríais pensar que se ha quedado en un triste intento. Ya no soy tan joven, ya no es dos de febrero de 1978 y todo lo que tenía en aquel entonces ya no está como lo conocía. No pude hacer lo que más ilusión me hacía y, encima, la vida me golpeó de la forma más cruel que podía imaginar, dejándome sin las figuras más importantes de mi vida y teniendo que madurar más rápido de lo esperado.

Ahora, a mis 45 años, se podría decir que ya no soy joven, pero mientras mis dedos golpean estas teclas, siento que he recuperado algo que creí perdido: mi voz. Quizá no escribí los libros que soñé, pero hoy escribo mi vida. Y eso, al fin, también es literatura.

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