LA VENTANA

La luz entraba por la ventana, reflejándose en el espejo del tocador de caoba, repleto de productos de maquillaje que usaba todas las mañanas para arreglar esta cara que me había tocado en el reparto genético. Proyectaba una imagen de lo más inquietante en la pared; si mis ojos no me estaban engañando, se podría decir que simulaba una cruz.

Y si me tiro por la ventana, me preguntaba todos los días a esa misma hora. Es tan sencillo como levantarme de la cama, ponerme las zapatillas o calcetines para no tener frío en los pies, subirme al tocador, abrir la ventana, sacar una pierna primero y luego la siguiente y, uy, saltar.

Me pregunto qué me ocurriría si lo hiciera, si sería una muerte demasiado desagradable. Pienso si más gente se planteará esto todas las mañanas o pensará en cosas más anodinas, como en qué van a desayunar ese día o si les va a dar tiempo a llegar al trabajo, o si ese día cogerán el metro o irán en coche o andando.
Sin embargo, yo, desde hace ya un año, solo consigo pensar en eso: en la ventana y en cómo sería saltar por ella, la velocidad que alcanzaría mi cuerpo cayendo desde un octavo piso. Pienso que, en otra época, en la que estaba más delgada, quizá alcanzaría menor velocidad. Me enorgullece pensar que aún tengo conocimientos de física; de algo me sirvió todo lo que estudié en mis años de universidad.

Me pregunto si de verdad quiero hacerlo. ¿Me tiraría por la ventana? Siento una opresión tan intensa en el pecho que, si no supiera ya que se acabará disipando, pensaría que me está dando un infarto. Un año despertándome con esta idea y aún no me acostumbro; no sé por qué será.

Después de una eternidad debatiendo en mi cabeza si al final me acabaré tirando por la ventana o, en realidad, no quiero porque aprecio mucho mi vida —mi aburrida y cotidiana vida—, consigo levantarme de la cama. Miro hacia ella con cierto recelo, como si en cualquier momento pudieran salir unos brazos enormes de los marcos y me arrastrasen hacia el borde, enfrentándome a la decisión de la forma más directa posible: ¿me tiro o no? No sé qué pasaría si eso ocurriera, y pensarlo me genera una angustia que no puedo describir.

Consigo salir de mi cuarto. Es un gran paso. Es lo que más me cuesta por las mañanas: a la mayoría de la gente se le pegan las sábanas porque el día anterior se les fue la hora al irse a dormir; a mí se me pegan los pensamientos.

Me preparo el desayuno, miro el reloj. Menos mal que no tengo un horario fijo para entrar al trabajo; la flexibilidad en mi hora de llegada es como un bote salvavidas frente a la rigidez de mi mente. Preparo mi bolsa con todo lo que considero que puedo necesitar fuera de casa. No son pocas cosas si te pones a pensar en cada una de las posibilidades e imprevistos que te pueden ocurrir en un día cualquiera. Si bien es cierto que ya está preparada del día anterior y no tuve que utilizar nada de lo que había en ella, la repaso minuciosamente para no dejarme nada y porque siempre se te puede ocurrir algo más, al menos a mí.

A veces pienso que, si se acabase el mundo y hubiera algún tipo de fenómeno apocalíptico, cualquiera querría estar cerca de mí en ese momento. Yo sobreviviría seguro. No me cabe la menor duda, en esto no.
En el momento en que me dispongo a salir de casa cojo las llaves, todas las copias que tengo. Las pruebo una detrás de otra para ver que abren y cierran bien la puerta y guardo dos en el bolso; una la escondo (donde siempre) y la otra se la dejo a mi vecino en el buzón. Hay gente que me ha llegado a decir que soy un poco excesiva, pero puedo decir orgullosa que nunca me he quedado fuera de casa por ninguna razón.

Antes de irme, me percato de que me he dejado la ventana abierta, así que me dispongo a cerrarla. Me viene otra vez: ¿y si me tiro?, ¿y si no la cierro y salto por la ventana?, ¿qué pasaría? Decido que ya llevo mucho retraso esta mañana y me dispongo a salir de casa, cuando no puedo evitar pensar en si he cerrado bien la ventana o no. Si no la he cerrado del todo, igual es porque me quiero tirar y no soy capaz de aceptarlo. Me acerco nuevamente y compruebo que está bien cerrada. Respiro y salgo de nuevo.

Al ir a cerrar la puerta me pregunto si será verdad que todas las llaves que tengo abren y cierran correctamente. Me siento nerviosa, angustiada. ¿Qué voy a hacer si luego no puedo entrar? Así que las compruebo una por una y me cercioro de que todas cumplen su función. 

La ventana… ahora que lo pienso, ¿al final la dejé bien cerrada?. No puedo dejar de pensar que, si me tiro, ¿qué pasaría? Me da miedo querer hacerlo; me da miedo no poder dejar de pensar en esa ventana o en todo, o quizás en nada.

Ya he perdido la cuenta de las veces que he pasado el umbral de mi casa, de estas cuatro paredes en las que me despierto una y otra vez desde hace un año. Me digo a mí misma que esta será la última vez y que, en menos de cinco minutos, voy a estar subiéndome al coche que me lleve directa al trabajo, pero mi cabeza no descansa. La ventana, las llaves… siento que no puedo avanzar. Me quedo paralizada, siento que la duda me atrapa y sucumbo a lo que creo que será la última comprobación.

Entro en casa y me siento en la cama. Miro la ventana, saco el teléfono, llamo a mi jefe y le digo que me ha surgido un imprevisto y que hoy no podré ir a trabajar. Él me dice que no me preocupe, que igual mañana, que están todos deseando que vaya. Hace un año de la última vez que les vi; igual ha cambiado un poco la plantilla. Eso me entristece.

Miro la ventana. Quizá si me tiro de una vez, todo termina.

El día acaba donde había empezado y, tristemente, me doy cuenta de que hoy, por lo menos, no he podido hacer nada para evitarlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL LLANTO

LA JUVENTUD