Cuando abrí los ojos, escuché el llanto de un bebé, un llanto intenso que podría significar multitud de cosas: hambre, cólicos, una infección potencialmente mortal o, simplemente, ser un bebé adaptándose a un mundo del que, por el momento, no sabía nada. La realidad es que me levanté y empecé con las rutinas del día. Primero fui al baño, luego me dispuse a prepararme el desayuno. No sabía muy bien por qué, pero esa mañana las cosas me estaban costando un poco más de la cuenta. Me sentía torpe, lenta, como si aún siguiese sumida en un profundo sueño; sin embargo, me sentía bien despierta, alerta, con los sentidos exaltados, pero poco funcionales. Preparé un café y una tostada con aceite, algo simple y fácil. El café estaba caliente y la tostada se me hacía difícil de digerir; sentía que era demasiado grande para mí y que tenía que hacer trozos extremadamente pequeños para poder siquiera masticarlos. Sentía que mi mandíbula no tenían la suficiente fuerza para desmenuzar aquel ...